jueves, 18 de junio de 2015

Disertación sobre el arte.

En ocasiones, absorto en mis pensamientos y en mis cábalas, mi mente da vueltas alrededor de preguntas que, o bien no tienen una respuesta completamente válida posible, o la tienen pero no es la respuesta más adecuada para nadie. Una de esas preguntas, "qué es el arte", suele ser una que vuelve como una golondrina a mis pensamientos. Para mi, a ¿qué es el arte? algunas personas podrían dar una respuesta utilitaria, "una forma de expresar lo que el ser humano tiene en su cabeza", o "un medio de expresión de nuestros sentimientos", pero no creo que algo tan etéreo e inefable como el arte deba ser expresado mediante la sequedad y frialdad de una definición aséptica. 

Para mi, el arte es belleza, perfección. Pero no la perfección con la que nos atacan diariamente en cartelones de publicidad en la vida real e Internet, no. La belleza se encuentra en la naturaleza en todos sus sentidos. La tierra, el suelo que pisamos y en el que escupimos, barro que nos sacudimos de las botas al entrar en casa, o polvo que nos sacudimos de la ropa, es uno de los mayores ejemplos de belleza. Inmundo, lleno de impurezas e insectos, a veces maloliente y despreciable. 

Esa tierra empapada, de mil olores y sensaciones, es la que sustenta estación tras estación un manto de vida y fertilidad, de gérmenes, plantas y animales. ¡Cuántos serecillos se cobijan bajo ese edredón de suciedad! ¡Cuántas hermosas plantas crecen en tan pestilente lodazal! suero que sustenta cada uno de los poros de nuestro ecosistema mundial, bien necesario del que nos apropiamos y violamos para nuestro propio beneficio. Extraer lo que nos ofrece es simbiosis, explotarlo para vender su néctar es prostituír algo que amo con locura. 

Pero no, el arte no es tan solo apreciar la perfección en la imperfección, el discernir los instantes ocultos de nuestra existencia que las fuerzas nos ha entregado como un dulce regalo. Para mí, es algo un poco más difuso, y creo que podría explicarlo mejor con una pequeña anécdota. De la tierra que hay cerca de mi hogar brotan plantas y hierbas, arbustos y matorrales junto a críticos árboles silenciosos. Un día de primavera, paseando con mi perro junto unas jardineras, me percaté de que la naturaleza había salpicado mi gris día con varias docenas de rosas de múltiples colores. Estaban por todas partes, a cada cada cual más grande, delicada y abrumadora. Mi vista saltaba de una en otra, en una orgía visual en la que mi mente estaba siendo violada, hasta que me quedé fijado en uno de esos capullos recién paridos. No era ni el más expectacular ni el más terrible, pero esa carencia de definición hizo que sintiera que era el más atractivo de todos.

Acariciar su textura sedosa fue el primer paso de mi platónico enamoramiento. Cerrar los ojos y aspirar su aroma fue el siguiente nivel del infierno. Palpar su firme tallo y encontrarme docenas de espinas fue una sorpresa que, si bien no fue agradable, tampoco me hizo salir de mi fantasía onírica. Sorprendente fue la rapidez con la que, casi sin desearlo, rompí su lazo con la tierra y me la acerqué al rostro. Disfruté de ese pequeño instante, del viento besando mi rostro, del olor a madera quemada que venía de una hoguera, del agua manando de una fuente cercana, del frío que hacía escapar el calor de mis manos... y el instante continuó su curso.

Tras acabar nuestro rutinario y emocionante paseo, mi cánido y yo volvimos a casa, donde me estaba esperando alguien especialmente especial para mi. Estaba absorta en las tareas de casa desde hacía unos minutos, volcada en el horror de la rutina diaria. Y al abrir la puerta, preso de la urgencia, hice un saludo y una advertencia: "deja de hacer lo que estés haciendo, y mira ésto". Me planté delante de ella y le mostré la rosa, ya condenada a muerte, en mi mano. Entonces, pude sentir en mi espinazo el sentir del momento, la sorpresa, la ilusión, la incapacidad de expresar nada porque el goce del puro placer estético te impide decir nada... y el instante siguió su curso.

Disfrutar de esos instantes, del momento, y tener la capacidad de hacer sentir lo mismo a otros.

Éso, en parte, para mi es el arte.

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